21 diciembre 2008

Transición submarina

Publicidad en el metro de Santiago. Por supuesto, la proposición es falsa, pero hay que reconocer que es una imagen impactante. A mí me convenció y por ello nunca más mezclaré: será solo vino y cerveza.

Hoy se produce un evento destacable en mi vida, que consiste en pasar el solsticio de verano en pleno mes de diciembre. Hoy no es San Juan ni hay hogueras en la playa, y a pesar de ello empezó el verano. Como soy muy planetario y universal y siempre ando en conexión con los astros que me guían y me gobiernan más allá de mis pulsiones terrenales (ejem), ayer por la noche salí a bucear.

Los días en Quintay son agradables, con un sol espléndido que calienta como se espera de este verano a estrenar. Como mucho, unos jironcillos nubosos hurtan los rayos hasta el mediodía, pero después van despejándose, el sol calienta como debe y da gusto estar acá.

Me acerqué a una de las tiendas de buceo de la caleta y me dijeron que para la noche tenían programado un buceo nocturno. Me pareció una oportunidad excelente. Bucear es siempre mágico, pero hacerlo de noche añade suspense, emoción y teatralidad, y además se ven bichos que no se ven apenas de día.

Así que me planté a la hora convenida y después de estar una hora larga haciendo tiempo para que bajara el sol, me pertreché y salimos. No fue nada sublime, simplemente nos metimos al agua por la caleta misma y dimos un paseo corto por los alrededores.

Vi hartos cangrejos (aquí les dicen jaibas, como en México). Hay de dos tipos: unos son muy parecidos a los bueyes de mar españoles aunque no parece que alcancen los tamaños que estos llegan a alcanzar; los otros son muy parecidos a las jaibas mexicanas y tienen unas cáscaras menos espesas que los primeros. Se ven, literalmente, cientos de estos bichos en estas aguas. Da gusto verlos corretear de un lado para otro, proyectando sus pinzas en una especie de guardia boxística un punto amenazadora. Como de costumbre, a mí se me hace la boca agua cuando veo estos animales en su medio, y me los imagino accediendo a regañadientes a una olla de agua hirviente.

El otro descubrimiento, que tampoco es fácil ver de día, fueron los camarones. Tardé en comenzar a verlos, pero de un momento a otro se aparecieron y había miles, un puñadito en cada piedra. No eran enormes pero eran los camarones más grandes que yo haya visto fuera de un mercado o plato. Otro a quien visitamos fue al pulpito más canijo que se pueda uno imaginar. Tenía apenas tres centímetros de largo y todo el aspecto de representar un sabroso aperitivo para la práctica totalidad de los seres oceánicos, el pobre. Me recordó el pulpito escolar compañero de Nemo, ese que tras un apretón de ansiedad confesó: “Me hice tinta”. También vi tremendo lenguado, al que también deseé tener a la plancha sobre mi mesa. Pobrecitos todos.

Solo hubo un pero: el agua está a unos 16 grados, o sea, gélida. Cuando te metes, parece que todo va a ir bien, casi como que no te entra ni el agua al traje semiseco, pero de vez en cuando haces algún movimiento que ahueca los bordes del traje y entra un poco y te recorre la espalda o la pilila o lo que sea, y con el estremecimiento que te da podría generarse electricidad. ¡Chin!

Llegué a casa tarde y metí los pieses en la bañera para calentarlos y que se me pasara el espasmo. Luego abrí la computadora, escribí una alegoría, apagué la luz y me dormí.

Hoy ya es verano.

En Quintay, el día de san Pedro Canisio (presbítero y doctor de la Iglesia), por la mañana.

Mus

1 Comments:

Blogger chuliMa manifestó al respecto que...

Jajaja, vaya fijación con el plato que tienes.

Mestaba dando pelin de envidia hasta que llegaste a los espasmos frioleros...uinsss
;-)

24/12/08 6:41 a.m.  

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