24 septiembre 2007
23 septiembre 2007
10 septiembre 2007
Batallas y berberechos
Ayer tuve la fortuna de presenciar uno de esos espectáculos de la naturaleza con los cuales se alimenta mi nihilismo: un mar entero desapareció ante mí, dejando ante la vista simples charcos y millones de berberechos.
Visitaba Le Crotoy, un pequeño pueblo (galicismo por pueblito o pueblecito) ubicado en la desembocadura del río Somme. Había oído yo algo sobre el Somme y su batalla famosa, pero no conseguía recordar si aquel desastre había sido en la primera o en la segunda guerra mundial. Leo hoy en la wikipedia que fue en la primera.
La primera guerra mundial fue una auténtica escabechina. Los sistemas de guerrear apenas habían variado en los últimos cinco siglos, a pesar de que ya se tenían cañones de verdad y fusiles que atinaban (no como antes, que eran un albur), aparte de las ametralladoras. Seguía confiándose en la masa ingente de guerreros/soldados como elemento militar primario. Eso también lo vemos en las pelis de la revolución mexicana. Como puede uno imaginarse, si eres de un bando y tienes una ametralladora y te vienen quinientos soldados desde 1 kilómetro, todos medio juntitos, pues antes de que se te acerquen a trescientos metros ya te los has ventilado a todos desde tu confortable nido (de ametralladora).
Así funcionaban aún las cosas en la primera gran guerra, y el resultado es que las mortandades eran inconmensurables. A modo de comparación, el otro día leía yo sobre la batalla de Iwo Jima, calificada como la más sangrienta de la guerra del Pacífico, donde murieron en un mes unos diez mil soldados estadounidenses. Bueno, pues en la del Somme, el primer día nada más, palmaron más de veinte mil británicos, y en la batalla completa murieron en total un millón de soldados. Olé.
Toda aquella masacre sucedió en el valle del Somme, hace ya casi cien años. Hoy va uno allí y ve a todas esas vacas charolesas y esos caballos recios pastando en prados interminables, y resulta difícil pensar en cuántos esqueletos quedarán a dos cuartas (por debajo) de la hierba.
La desembocadura del Somme es una bahía interminable y plana. Lo que ayer tuve oportunidad de ver es su marea baja, que deja al descubierto una distancia de unos diez kilómetros desde el borde de la pleamar. ¡Diez kilómetros de marea! El resultado es que uno está en la playa y no se ve el mar a simple vista, tan solo una vasta llanura llena de gente haciendo cosas de lo más diverso. La mayoría marisquean por entretenerse y llenan de berberechos sus cubitos, pero no falta quien vuela su papalote o quien avanza sentado en un triciclo del cual jala un papalote empujado por el viento. Tampoco es raro ver jinetes paseando en sus ponis o jamelgos, como si tal cosa. Es estupendo esto de poder darse un paseo bípedo o cuadrúpedo por el mar, sin barco alguno. :)
Lo de los berberechos es para no creérselo. Uno mete el pie (o pezuña, dependiendo de la versión animal que le sea propia) cinco centímetros en el fango, en cualquier sitio de esa llanura interminable, y salen decenas de berberechos --la mayoría de pequeño tamaño--. A cada paso, se advierten los crich-crach de los pobres animalitos que crujen con nuestro avance. Toda esa biomasa sin fin alimenta una población igualmente infinita de gaviotas, correlimos y avecillas de toda clase y condición, que hacen de la bahía del Somme una zona de gran interés ornitorrinco, digo, lógico.
Solo dos cosas, aparte de su historia desgraciada, suman puntos a la cuota de tristeza de Le Crotoy: los barcos varados en el fango que deja la marea baja y el precio de los mariscos en las pescaderías. Respecto a lo primero, es de lo más desangelado ver un barco, aunque sea pequeño, reposar sobre su quilla en lugar de flotar sobre ella. En cuanto a lo segundo, es terrible que a pie de barca sea más caro un lenguado que en París. Algo no funciona bien --o funciona demasiado bien, acaso--, pero el caso es que no compré nada.
Ni falta que hacía, porque el día anterior, en el mercado de Colombes, me averigüé dos docenas de ostras del número 1 (las más grandes) a 6,80 euros la docena. Vamos, que no compré la caja entera por miedo a que me miraran raro. Dejé a Le Crotoy en el ostracismo comercial más absoluto y me dediqué a las ostras de otros lares. ¡Olé, las ostras! Si son malas para la salud, me temo que me afectará, porque las ingiero de desayuno, comida y cena, como si me hubiera poseído un demoño ostrífago. Eso sí, a veces alterno y como almejas, que también las hay rebuenas, o mejillones, que no les van a la zaga. El caso es darle con ímpetu al ostreido o al bivalvo. Vive la France !
En Colombes, el día de san Nicolás de Tolentino (confesor), por la mañana.
Mus
Visitaba Le Crotoy, un pequeño pueblo (galicismo por pueblito o pueblecito) ubicado en la desembocadura del río Somme. Había oído yo algo sobre el Somme y su batalla famosa, pero no conseguía recordar si aquel desastre había sido en la primera o en la segunda guerra mundial. Leo hoy en la wikipedia que fue en la primera.
La primera guerra mundial fue una auténtica escabechina. Los sistemas de guerrear apenas habían variado en los últimos cinco siglos, a pesar de que ya se tenían cañones de verdad y fusiles que atinaban (no como antes, que eran un albur), aparte de las ametralladoras. Seguía confiándose en la masa ingente de guerreros/soldados como elemento militar primario. Eso también lo vemos en las pelis de la revolución mexicana. Como puede uno imaginarse, si eres de un bando y tienes una ametralladora y te vienen quinientos soldados desde 1 kilómetro, todos medio juntitos, pues antes de que se te acerquen a trescientos metros ya te los has ventilado a todos desde tu confortable nido (de ametralladora).
Así funcionaban aún las cosas en la primera gran guerra, y el resultado es que las mortandades eran inconmensurables. A modo de comparación, el otro día leía yo sobre la batalla de Iwo Jima, calificada como la más sangrienta de la guerra del Pacífico, donde murieron en un mes unos diez mil soldados estadounidenses. Bueno, pues en la del Somme, el primer día nada más, palmaron más de veinte mil británicos, y en la batalla completa murieron en total un millón de soldados. Olé.
Toda aquella masacre sucedió en el valle del Somme, hace ya casi cien años. Hoy va uno allí y ve a todas esas vacas charolesas y esos caballos recios pastando en prados interminables, y resulta difícil pensar en cuántos esqueletos quedarán a dos cuartas (por debajo) de la hierba.
La desembocadura del Somme es una bahía interminable y plana. Lo que ayer tuve oportunidad de ver es su marea baja, que deja al descubierto una distancia de unos diez kilómetros desde el borde de la pleamar. ¡Diez kilómetros de marea! El resultado es que uno está en la playa y no se ve el mar a simple vista, tan solo una vasta llanura llena de gente haciendo cosas de lo más diverso. La mayoría marisquean por entretenerse y llenan de berberechos sus cubitos, pero no falta quien vuela su papalote o quien avanza sentado en un triciclo del cual jala un papalote empujado por el viento. Tampoco es raro ver jinetes paseando en sus ponis o jamelgos, como si tal cosa. Es estupendo esto de poder darse un paseo bípedo o cuadrúpedo por el mar, sin barco alguno. :)
Lo de los berberechos es para no creérselo. Uno mete el pie (o pezuña, dependiendo de la versión animal que le sea propia) cinco centímetros en el fango, en cualquier sitio de esa llanura interminable, y salen decenas de berberechos --la mayoría de pequeño tamaño--. A cada paso, se advierten los crich-crach de los pobres animalitos que crujen con nuestro avance. Toda esa biomasa sin fin alimenta una población igualmente infinita de gaviotas, correlimos y avecillas de toda clase y condición, que hacen de la bahía del Somme una zona de gran interés ornitorrinco, digo, lógico.
Solo dos cosas, aparte de su historia desgraciada, suman puntos a la cuota de tristeza de Le Crotoy: los barcos varados en el fango que deja la marea baja y el precio de los mariscos en las pescaderías. Respecto a lo primero, es de lo más desangelado ver un barco, aunque sea pequeño, reposar sobre su quilla en lugar de flotar sobre ella. En cuanto a lo segundo, es terrible que a pie de barca sea más caro un lenguado que en París. Algo no funciona bien --o funciona demasiado bien, acaso--, pero el caso es que no compré nada.
Ni falta que hacía, porque el día anterior, en el mercado de Colombes, me averigüé dos docenas de ostras del número 1 (las más grandes) a 6,80 euros la docena. Vamos, que no compré la caja entera por miedo a que me miraran raro. Dejé a Le Crotoy en el ostracismo comercial más absoluto y me dediqué a las ostras de otros lares. ¡Olé, las ostras! Si son malas para la salud, me temo que me afectará, porque las ingiero de desayuno, comida y cena, como si me hubiera poseído un demoño ostrífago. Eso sí, a veces alterno y como almejas, que también las hay rebuenas, o mejillones, que no les van a la zaga. El caso es darle con ímpetu al ostreido o al bivalvo. Vive la France !
En Colombes, el día de san Nicolás de Tolentino (confesor), por la mañana.
Mus
06 septiembre 2007
Metrosexualidad y sintaxis
No es que tengan nada que ver, creo, pero me gustan las equis y pensé que quedaría lindo el título. Después de 2 meses y 1 día, retomo la escritura en esta desierta bitácora para decir que se confirma: soy metrosexual.
Cierto es que soy un metrosexual un tanto atípico. Si fuera un dato en lugar de un metrosexual, sería un outlier. Entonces, ¿qué me hace metrosexual? Pues es sencillo: ayer me depilé las orejas con cera, y el otro día una amiga me prestó un artilugio para podar los pelos de la nariz (los de dentro, que los de fuera me los arranco a mano). ¿O eso no cuenta? Espero que cuente, porque si no no sé dónde voy a parar, y como muestra está el ejemplo de mi amiga, la que me prestó la cera y me hizo la depilación, que en cuantico terminó la tarea se fue porque había quedado con un tipo superguay que le debe de echar unos polvos que ni Sansón a Dalila. Si no, no me lo explico, porque mis orejas se quedaron muy lindas, así calvas.
¿Y por qué soy un metrosexual atípico? Pues fácil: ayer me sentía con la metrosexualidad a flor de piel, y fui a hacer lo que hacemos todos los metrosexuales: comprar ropa. La diferencia está en que en lugar de ir a Moschino y comprar unos calcetines de 70 euros y dos camisas de supermuaré de 250 euros la pieza, yo me metí al Monoprix (una cadena de supermercados de acá de Francia) y además de comprar salchichón me pasé por la parte de la ropa y me compré unas cinco o seis camisetas y camisas por un total de 70 euros, e incluso me dejé sin comprar una chaquetilla muy apañá porque costaba la friolera de 35 euros. Eso me convierte en un outlier como metrosexual y en un outlawed como pareja de cualquier chica normal. Y no será que no me esfuerzo, no... ¡Si incluso llevo casi dos meses sin afeitarme para conseguir tener una barba de tres días! Qué difícil es la vida del outlier. Suspiro. El caso es que cuando mi amiga llegó de ver a su galán, traía una sonrisa en la boca de esas que duelen (la sonrisa, no su boca) y a pesar de mis requerimientos se puso el pijama, se hizo un ovillo y comenzó a roncar, haciendo caso omiso de todo mi moderno aspecto y mis fuerzas felinas para el coito y el resto de los actos amorosos. Quizá por ello, soñé con un libro de síntesis orgánica: apasionante.
Eso en cuanto a mi vida sentimental. En cuanto a la sintaxis, decía yo la última vez que escribía, que hablaría de sintaxis. No tengo grandes ganas de hablar, y menos de escribir, pero digamos que me sorprende la frecuencia con que nos quejamos de las palabras nuevas, los anglicismos sobre todo, y lo poco que nos fijamos en cómo construimos las frases la práctica totalidad de los habitantes del planeta.
Entra aquí el concepto de hipérbaton, que es una figura retórica que consiste en cambiar el orden más habitual de las palabras de una frase. Los ejemplos clásicos de hipérbaton en la literatura nos los enseñaban en la escuela, con aquellas églogas ininteligibles de Garcilaso y aquellos poemas de Góngora que no entendía ni el mondesvol. Por cierto, que no ha mucho pasé por el sepulcro de Góngora, en la catedrál de Córdoba, que por azares de la vida era antes de ser catedral una mezquita colosal.
El caso es que el hipérbaton es muy importante y lo aplicamos todos aun sin saberlo. Veamos una frase normal y corriente, hasta insulsa:
Quién iba a decir que un hipérbaton, palabreja tan fea y críptica, sería algo útil para transmitir sensaciones.
En Colombes, el día de Ntra. S.ª de las Viñas (patrona de los viñadores), por la tarde.
Mus
P. D. Decimos que tenemos un outlier cuando tenemos un dato que no concuerda con el resto de los resultados cabales. Digamos que es un dato sospechoso de ser erróneo, producto de un error o de la presencia de algo anormal.
P. P. D. Mañana empiezan las ferias de mi pueblo. No iré porque tengo que aprender francés y contemplar la posibilidad de depilarme las cejas, a ver si mejora mi frecuencia de ayuntamiento.
Cierto es que soy un metrosexual un tanto atípico. Si fuera un dato en lugar de un metrosexual, sería un outlier. Entonces, ¿qué me hace metrosexual? Pues es sencillo: ayer me depilé las orejas con cera, y el otro día una amiga me prestó un artilugio para podar los pelos de la nariz (los de dentro, que los de fuera me los arranco a mano). ¿O eso no cuenta? Espero que cuente, porque si no no sé dónde voy a parar, y como muestra está el ejemplo de mi amiga, la que me prestó la cera y me hizo la depilación, que en cuantico terminó la tarea se fue porque había quedado con un tipo superguay que le debe de echar unos polvos que ni Sansón a Dalila. Si no, no me lo explico, porque mis orejas se quedaron muy lindas, así calvas.
¿Y por qué soy un metrosexual atípico? Pues fácil: ayer me sentía con la metrosexualidad a flor de piel, y fui a hacer lo que hacemos todos los metrosexuales: comprar ropa. La diferencia está en que en lugar de ir a Moschino y comprar unos calcetines de 70 euros y dos camisas de supermuaré de 250 euros la pieza, yo me metí al Monoprix (una cadena de supermercados de acá de Francia) y además de comprar salchichón me pasé por la parte de la ropa y me compré unas cinco o seis camisetas y camisas por un total de 70 euros, e incluso me dejé sin comprar una chaquetilla muy apañá porque costaba la friolera de 35 euros. Eso me convierte en un outlier como metrosexual y en un outlawed como pareja de cualquier chica normal. Y no será que no me esfuerzo, no... ¡Si incluso llevo casi dos meses sin afeitarme para conseguir tener una barba de tres días! Qué difícil es la vida del outlier. Suspiro. El caso es que cuando mi amiga llegó de ver a su galán, traía una sonrisa en la boca de esas que duelen (la sonrisa, no su boca) y a pesar de mis requerimientos se puso el pijama, se hizo un ovillo y comenzó a roncar, haciendo caso omiso de todo mi moderno aspecto y mis fuerzas felinas para el coito y el resto de los actos amorosos. Quizá por ello, soñé con un libro de síntesis orgánica: apasionante.
Eso en cuanto a mi vida sentimental. En cuanto a la sintaxis, decía yo la última vez que escribía, que hablaría de sintaxis. No tengo grandes ganas de hablar, y menos de escribir, pero digamos que me sorprende la frecuencia con que nos quejamos de las palabras nuevas, los anglicismos sobre todo, y lo poco que nos fijamos en cómo construimos las frases la práctica totalidad de los habitantes del planeta.
Entra aquí el concepto de hipérbaton, que es una figura retórica que consiste en cambiar el orden más habitual de las palabras de una frase. Los ejemplos clásicos de hipérbaton en la literatura nos los enseñaban en la escuela, con aquellas églogas ininteligibles de Garcilaso y aquellos poemas de Góngora que no entendía ni el mondesvol. Por cierto, que no ha mucho pasé por el sepulcro de Góngora, en la catedrál de Córdoba, que por azares de la vida era antes de ser catedral una mezquita colosal.
El caso es que el hipérbaton es muy importante y lo aplicamos todos aun sin saberlo. Veamos una frase normal y corriente, hasta insulsa:
- Tendrás que venir si quieres saberlo
- Si quieres saberlo, tendrás que venir
- Si saberlo quieres, tendrás que venir
- Que venir tendrás si quieres saberlo
- Tendrás que venir si saberlo quieres
- Etc. que ya me aburro
Quién iba a decir que un hipérbaton, palabreja tan fea y críptica, sería algo útil para transmitir sensaciones.
En Colombes, el día de Ntra. S.ª de las Viñas (patrona de los viñadores), por la tarde.
Mus
P. D. Decimos que tenemos un outlier cuando tenemos un dato que no concuerda con el resto de los resultados cabales. Digamos que es un dato sospechoso de ser erróneo, producto de un error o de la presencia de algo anormal.
P. P. D. Mañana empiezan las ferias de mi pueblo. No iré porque tengo que aprender francés y contemplar la posibilidad de depilarme las cejas, a ver si mejora mi frecuencia de ayuntamiento.